Una piel sensible reacciona a estímulos que otra piel toleraría: cambio de temperatura, agua dura, un producto nuevo, el estrés. Aparecen rojeces, escozor, tirantez, a veces pequeños vasos visibles. Cuando el cuadro se cronifica y se acompaña de brotes inflamatorios, conviene descartar rosácea con un dermatólogo.
La regla terapéutica es contraintuitiva: hay que restar antes que sumar. Dejar de usar retinol, vitamina C, AHAs y exfoliantes durante cuatro a seis semanas. Reducir la rutina a tres pasos —limpiador suave, crema reparadora y SPF mineral— y reintroducir activos uno a uno cuando la barrera se haya recuperado.
En cabina trabajamos con activos calmantes contrastados: centella asiática, avena coloidal, alantoína, niacinamida en concentraciones bajas. Los tratamientos agresivos —peelings fuertes, microdermoabrasión— quedan descartados hasta que la piel responde con normalidad.







